Un viaje por el mundo de Lempicka

LA PINTORA ‘CHIC’

Creadora de inmensa originalidad, brilló por las formas voluminosas y la expresividad de sus figuras y por el erotismo. “Mi credo artístico –afirmaba- es no comulgar con las tendencias”.

Tamara De Lempicka, gracias a su impetuosa personalidad, destacó en el mundo pictórico transgrediendo y echando por tierra las convenciones más inamovibles de su época. Su vestuario de alta costura, su físico de estrella de cine debido al cual originaba confusiones con Greta Garbo, y su aire frívolo le conferían una dudosa imagen de artista seria. Su estilo de vida rebelde y desinhibido no era el típico de los artistas bohemios sino que poseía más similitudes con la aristocracia, el lujo y los caprichos de una mujer que llegó a ser baronesa al conquistar al barón Kuffner y ocupar el lugar de su amante. Hija de un banquero ruso, nació como Tamara Gorscka en Varsovia en 1898 cuando Polonia pertenecía todavía al imperio ruso. Tuvo dos maridos, una hija y toda clase de amantes de ambos sexos. Su vida tampoco estuvo exenta de depresiones y periodos difíciles. Según decía ella, había probado todo y habría roto cualquier estereotipo que se le hubiese cruzado por delante.

En Italia es donde De Lempicka queda enamorada de la pintura. Allí vivirá y estudiará el manierismo y la distorsión de las figuras. En 1914 se traslada a San Petesburgo y estudia Bellas Artes. De André Lothe aprendió las claves de su pintura que no son otras que la armonía geométrica, el volumen, la estilización de las figuras y la gran carga erótica que reside en sus lienzos. Su inspiración creativa se despertaba por la noches o al amanecer, de ahí que pintase cuando volvía a casa tras pasar grandes veladas en la ciudad parisina, actividad que se prolongaba hasta la mañana siguiente. En 1925 obtiene un reconocimiento exitoso en la primera exposición de Art Decó.

Dado su carácter ambicioso y la atracción que despertaba, gana dinero fácilmente y también la fama que le facilita acercarse a la aristocracia en la que pintaría un gran número de retratos por encargo. Disfrutó del patrocinio de la élite de la burguesía y acudió a los salones más selectos de París y se codeó con James Joyce, Jean Cocteau, André Gide, Isadora Duncan y demás personajes.
Los colores que empleaba en sus lienzos y sus acabados opulentos y tan personales, de una gran originalidad no caminaban de la mano con las tendencias existentes en su momento. Fue muy independiente y también excéntrica, no dejándose influir por las tendencias. Detestaba la banalidad que se desprendía del arte y su máxima era no copiar nunca. Creaba de una manera impulsiva y no dejaba que los factores externos la condicionaran en modo alguno.

“Mi credo artístico –afirmaba- es no comulgar con las tendencias. Ésa es mi única vanguardia. En el momento que uno parece contemporáneo, la obra se queda obsoleta al instante. Hay que ser lo suficientemente audaz como para mantener las propias convicciones.”
En este lienzo que realiza entre 1927-28, Andrómeda, queda latente la voluptuosidad de las formas femeninas y el habitual fondo de la sociedad industrializada, la metrópolis fría y persistente que confiere a sus retratos ese toque moderno y chic a la vez. Las posturas en las que retrata a las mujeres tienen en común esa mirada vacía, melancólica, abstraída como si el lujo que poseen no les reportase la felicidad que buscan. La atmósfera queda así plasmada gracias además a los tonos grises, fríos, similares a los últimos coletazos del expresionismo alemán en contraste con los colores vivos de las féminas que retrata vestidas con lujo y glamour.

Los retratos de sus mujeres destacaban de manera especial en un mundo de hombres en el que quiso dotar a la mujer de un protagonismo especial. Las pintó en coche, hablando por teléfono, esquiando, desnudas, pero sobre todo conscientes de su belleza y voluptuosidad sin perder nunca su sensualidad y feminidad. Ella creó en la pintura a la mujer liberal como la conocemos hoy día, emancipada e independiente, dueña de su propio futuro. Participó en exposiciones de mujeres y se comprometió con el feminismo. Al no triunfar sus pinturas en América a finales de los años cincuenta, prueba suerte con la abstracción aunque no existen desde el 41 al 70 muestras de su obra. En los 80 galeristas franceses la redescubren y sus obras últimamente se cotizan en cifras astronómicas. El resurgir de De Lempicka se da en 1994 cuando se subasta en Christie’s una obra suya, el cuadro Adán y Eva de 1931 que era propiedad de Barbra Streisand. Una vez se pone de moda, Madonna o Jack Nicholson entre otros se hacen con obras suyas.

‘Nu Adossé’, obra perdida en los años 20, saldrá a subasta a primeros de mayo en Sotheby’s. Tamara murió en Méjico en 1980, mientras dormía. Sus cenizas, por expreso encargo de ella, fueron esparcidas en el cráter del Popocatepelt desde un helicóptero perteneciente a un millonario amigo suyo. Un último detalle de su excéntrica personalidad que no está reñida con su indudable talento artístico.