Orson Welles, el genio del ala rota

Todo artista tiene en algún momento problemas que le imposibilitan, dificultan o ponen a prueba su talento. Otros luchan a lo largo de casi toda su carrera contra su particular bestia negra. En el caso de Orson Welles, ésta era la figura del productor. Lograr financiación para llevar a cabo un proyecto pasa habitualmente por desagradables negociaciones, condiciones estúpidas y demás trabas que limitan siempre, en cierta medida, una cosa: el talento. Y es que los productores buscaban un beneficio en forma de éxito de taquilla, rentabilidad comercial (por otro lado comprensible), etc que raras veces eran equiparables a la visión atemporal de Welles.

Desde muy temprana edad, recita a su admirado Shakespeare en obras de teatro (un medio ligado a su piel igual que el cine) y, en la radio, medio que domina a la perfección gracias a su excepcional voz, infundiría el pánico en la población radioyente el 30 de octubre de 1938 con la narración de The War Of Worlds (La Guerra de los Mundos) de H. G. Welles.

Excentricidades como la de emplear un reparto integramente negro para su versión peculiar de ‘Macbeth’ de 1936 en un teatro de Nueva York que constituye su primera producción teatral, ponían de manifiesto su visión siempre personal de las adaptaciones literarias a cualquier medio. Incluso la magia fue un arte que sin duda dominó acompañado por su grandes amigos y actores Joseph Cotten y Marlene Dietrich en el Mercury Theater, fundado junto a John Houseman en 1937.

La popularidad alcanzada por Welles, atrae al presidente de la RKO que le brinda un contrato -225.000 dólares más un plus sobre los beneficios- para producir, dirigir, escribir y actuar en dos películas con libertad casi absoluta para contratar tanto a los técnicos como a los actores que quisiese; situación que alimentaría la envidia de una gran parte del gremio cinematográfico.

Uno de sus primeros tropiezos fue la imposibilidad de rodar la adaptación de la obra de Joseph Conrad, ‘El Corazõn de las Tinieblas’, hecho que le lleva a preparar ‘Citizen Kane': el arte hecho celuloide.

Como si de una conjura de necios se tratase, los proyectos de Orson se veían de algún modo interferidos por circunstancias ajenas a su control unas veces, y otras de carne y hueso como William Randolph Hearst, periodista y magnate de la prensa estadounidense, que no sólo es considerado el inventor de la “prensa amarilla” o sensacionalismo sino que tuvo en su poder el mayor monopolio periodístico de todos los tiempos y a las mejores plumas en nómina (entre ellas Jack London) Personaje xenófobo y alentador de la caza de brujas contra los comunistas en EE.UU, se caracterizó por un desmedido apetito por el derroche y la adquisición de artículos de lujo de forma compulsiva. Sería él quien organizaría una campaña de desprestigio del filme con el motivo de que no llegase a ver la luz. ¿Por qué? Bueno, por todos es sabido que las palabras “política”, “éxito”, “riqueza”, “honradez” y “poder” no pueden ir en la misma frase. El film relata de una forma nada disimulada la vida de este elemento, con Rosebud (apelativo cariñoso con que Hearst designaba a los genitales de su esposa) incluido. Las peripecias del magnate plasmadas en el celuloide no le hacen gracia e intenta boicotear en todo lo posible tanto el estreno de la película como al propio Welles. Intenta quemar los negativos y en el día del estreno, mete a una menor desnuda con los oportunos fotógrafos en la habitación del hotel en que se alojaría Welles con el fin de hundir su carrera y con ello el estreno que le quitaba el sueño. Los negativos se salvaron milagrosamente como es obvio y Welles no llegó a alojarse en el hotel donde la “sorpresa” le estaba esperando gracias a un aviso a tiempo. Lo que sí pudo lograr el magnate fue que la proyección se relegase a salas de cine en circuitos de segunda fila. Así todo, el intento de censura tiene el efecto contrario y le da no sólo publicidad al filme, sino que lo convierte en la obra maestra definitiva del séptimo arte.

Es difícil que concurran en un mismo proyecto profesionales de la industria como el director de fotografía Gregg Toland, el compositor Bernard Herrmann, el guionista Herman J. Makiewicz y un elenco de actores excepcional. Con ‘Citizen Kane’, renueva los recursos estéticos y narrativos del lenguaje cinematográfico con su estilo barroco y su gran y deslumbradora visión, nunca antes contemplada en la gran pantalla. Pero Orson estuvo tocado por los dioses y emprendió un vuelo tan alto que nunca más podría remontar. Saborear el éxito en el primer paso supone alcanzar la cima en un solo salto y cuando la perfección se consigue prematuramente, es cuanto menos imposible superarla. El prestigio supuso también una losa sobre su espalda tras parir “Americano”, que era así como iba a ser bautizado en primera instancia ‘Ciudadano Kane’. La innovadora y compleja puesta en escena con la profundidad de campo en los planos, la utilización del gran angular y el juego de luces y sombras para crear una atmósfera envolvente así como la novedad en el uso del montaje mediante el flash-back y la utilización del sonido y el tono documental, hacen de la película un modelo que sirve de estudio en cualquier escuela de cine que se precie. Sin embargo, la entorpecida distribución de las copias y la anti-campaña de Hearst hicieron naufragar al filme. Hecho que no impidió las nueve nominaciones al Oscar, lográndolo Welles y Herman J. Mankiewicz al mejor guión original.

En ‘The Battle Over Citizen Kane (The American Experience)’, documental del 96, se pueden comprobar mediante entrevistas a contemporaneos de Welles y de Hearst cómo tuvo lugar la batalla entre unos y otros por el control del film.

El mundo, que el 6 de mayo de 1915 había visto nacer a Orson Welles en Kenosha, Wisconsin, se quedaba sin él el 10 de octubre de 1985, por culpa de un ataque cardíaco en Los Angeles. Sus cenizas descansan en la hacienda del torero Antonio Ordóñez, en Málaga. Nos quedan sus obras, para tenerlo en el olimpo de los genios, con todos los demás, los que todos conocemos.

En las citas de este genio del ala rota, esa que le impidió volar tan alto como la primera vez, lleva mucha razón: “Es imposible hacer una buena película sin una cámara que sea como un ojo en el corazón de un poeta” y “Lo peor es cuando has terminado un capítulo y la máquina de escribir no aplaude”.