Arthur Rimbaud, la genialidad fugaz ago06

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Arthur Rimbaud, la genialidad fugaz

RIMBAUD, EL GEN AUTODESTRUCTIVO

Su etapa literaria es muy breve; escribió sus textos entre los 16 y los 20 años. Luego, lo olvidó todo para intentar hacer fortuna. Su influencia en la literatura moderna, el arte y la música es enorme.

De familia intratable y huraña con parientes al borde de la locura, incluida su propia madre, figura rígida y religiosa, Jean-Nicolas-Arthur Rimbaud fue un angelito hasta los quince años. A partir de tal fecha, sucumbe a sus verdaderos instintos creadores y al mismo tiempo autodestructivos. Su corta pero intensa actividad literaria surge de manera precoz. Escribe todos sus versos entre los dieciséis y los veinte años de edad. Tal vez consciente de la brevedad de su vida en una visión futurista de su propio destino, se vuelca en su verdadera pasión, para posteriormente olvidarla por completo y aceptar todo tipo de actividades laborales con el objetivo de hacer fortuna.

Su influencia en la literatura moderna, el arte y la música es enorme. Desde los poetas franceses posteriores en general, a los surrealistas, los beats, Henry Miller, Anais Nin, William S. Burroughs, incluso en el cine, Pier Paolo Pasolini, la música, con Patti Smith, Jim Morrison, Bob Dylan, Van Morrison, entre otros muchos.

Para Rimbaud, «el poeta debe hacerse vidente a través de un razonado desarreglo de los sentidos». Se trata de «registrar lo inefable» y para ello «es preciso una alquimia verbal que, nacida de una alucinación de los sentidos, se exprese como alucinación de las palabras»; al mismo tiempo, «esas invenciones verbales tendrán el poder de cambiar la vida».

Llega al mundo en Charleville el 20 de octubre de 1854 y pese a la separación de sus padres, la infancia de Rimbaud transcurre en brazos de la burguesía aunque el aburrimiento planea sobre su cabeza con bastante frecuencia.

Su dominio de las disciplinas escolares le confiere un carácter de alumno aventajado, aunque inquieto y socarrón, poseedor de una belleza andrógina, es querido por los maestros y a los quince años gana todos los premios de redacción posibles. Compone versos de una originalidad sorprendente en latín, así como diálogos. Desdouets, uno de sus profesores diría de él: «Nada banal germina dentro de esta cabeza: será un genio del Mal o un genio del Bien».

Es a partir de la lectura de Théophile Gautier, Théodre de Banville y Paul Verlaine en “Le Parnasse contemporaine” cuando su esencia se ve modificada y se convierte en un enfant terrible.

Envía sus primeros versos a dicha publicación pero no será hasta 1870 cuando su primer poema “Les Étrennes des orphelins” vea la luz en la Revue pour tous.

Al viajar a Paris sin billete es encarcelado y en su auxilio acude el que había sido su primer mentor literario, el profesor de retórica, Georges Izambard. Rimbaud ya no es ni la sombra de aquél alumno superdotado que admiraban todos sus maestros.

Cuando estalla la Comuna en París en 1871, él se reúne con los revolucionarios y redacta himnos y manifiestos aunque esta actividad no durará mucho dadas las malas costumbres y alimentación del gremio con el que colabora. Probablemente es víctima de un ataque sexual por parte de soldados comuneros borrachos. Su poema Le Cour supplicié (El corazón torturado) así lo insinúa. Para entonces se vuelve caótico e irreverente, comienza a beber y se divierte conmocionando a los burgueses locales con sus vestimentas andrajosas, sus pintadas de «Muera Dios» en las iglesias y su cabello largo. El 24 de mayo de 1870 con el fin de obtener apoyo del editor de Le Parnasse Contemporain envía una carta con varios poemas (Ophélie, Sensation, Soleil et chair) en la que afirma querer ser «parnasiano o nada». Al mismo tiempo escribe a Izambard y Paul Démenty sobre su método para lograr la trascendencia poética o el poder visionario a través de «una larga, inmensa y racional locura de todos los sentidos» (Les Lettres du Voyant, Las cartas del vidente).

Abandona el ideal revolucionario y abraza el nihilismo. Niega toda tradición cultural. Según él, el poeta tiene que convertirse en el “gran enfermo, el gran criminal, el gran maldito y el sabio supremo”.

Un amigo anarquista le pone en contacto con Paul Verlaine, que tras leer “Le bateau ivre” (El Barco Ebrio) queda fascinado con su nuevo conocido. Abandona a su familia y su empleo y viaja con Rimbaud a Bélgica e Inglaterra. La “señorita saturniana” como lo bautizan en los círculos literarios, comienza a saborear el vértigo de la autodestrucción. Su relación con Verlaine, entre veladas de absenta y hachís, caos y exceso le lleva a parir en 1873 “Una temporada en el infierno”, obra en prosa, clave del simbolismo moderno. Verlaine, enloquecido y celoso le pega un tiro, por lo cual es encarcelado y Rimbaud regresa a Francia a pesar de que su carrera literaria se ve severamente afectada por los escandalosos incidentes. El resto de escritores le dan la espalda y en 1874 deja de escribir. Mientras, en Europa, Verlaine reivindica y da publicidad a la obra de Rimbaud “Iluminaciones” 1886, que incluye los primeros dos poemas franceses en verso libre y le incluye en el ensayo “Los poetas malditos”.

Durante los diecisiete años siguientes se entrega a actividades como mercenario en las colonias holandesas, tratante de esclavos en Abisinia y mercader en Etiopía donde hace una pequeña fortuna como traficante de armas hasta que un carcinoma le fuerza a regresar a Francia donde días después le amputan la pierna. Muere en Marsella el 10 de noviembre de 1891, a los 37 años.